La segunda parte de nuestra luna de miel nos llevó a la Riviera Maya, México (¿Por qué le llamarán así?) Íbamos a disfrutar durante 9 noches y siete días en esa suerte de espejismo de opulencia que ofrecen los resorts que existen en toda esa parte del Caribe mexicano. El hotel era un Barceló, perteneciente a la cadena española del mismo nombre, y nuestra habitación una enorme suite decorada con ese estilo tan peculiar y tan poco moderno que tienen la mayoría de los hoteles de ese tipo, con unas colchas dignas de un capítulo de Cuéntame, con los Alcántara en Benidorm.
Los jardines, las piscinas, las instalaciones era preciosas y la playa absolutamente espectacular. Era esa playa que todos nos imaginamos cuando hablamos de Caribe: una enorme playa de arena tan blanca que hace daño cuando la miras, palmeras, agua azul verdosa, y un sol cegador. Era una playa de ensueño.
Allí, con nuestras hamacas, los cocoteros, las iguanas, estábamos más cerca del cielo que de cualquier otro sitio, y rodeados de "lunamieleros" italianos, que abundaban tanto como las iguanas o más. Ellas me enseñaban su anillo de recién casadas y me decían que estaban "esposatas", y claro, yo hacía lo propio, y enseñaba el mío, ¡faltaría más! Me fijé que todas las chicas recién "sposattas" llevábamos las uñas pintadas con manicura francesa, la que habíamos llevado en la boda. Las americanas, y las mexicanas que trabajaban allí, sin embargo, llevaban uñas postizas larguísimas todas. En América (Norte o Centro) sin la manicura hecha no eres nadie, parecían decir aquellas uñas largas y llenas de adornos, brillantitos, dibujos, colores...
En estas vacaciones hubo dos elementos importantísimos, el wet bar de la piscina y las hamacas. En el bar de la piscina, cumpliendo uno de mis sueños para una luna de miel perfecta, bebimos cienes y cienes de mojitos, bloody maries, piñas coladas, caipiriñas... mientras nos refrescábamos y en las hamacas dormimos y descansamos y descubrimos porqué algunos mexicanos duermen por las noches en sus hamacas y no en la cama: son comodísimas.
Además de disfrutar de aquel espejismo de riqueza, visitamos el México de verdad, estuvimos en Chichén Itzá, en Valladolid, en Playa del Carmen, en varios cenotes... El complejo de Chichén Itzá, nos pareció increíble, es tremendo que por falta de recursos ese legado cultural esté a medio reconstruir, pero no por ello dejas de percibir la grandeza de la cultura que construyó todo aquello. En las inmediaciones, había cientos de militares vigilando, a los dos días se iba a recibir la visita de Zapatero a México y a Chichén Itzá.
En Valladolid disfrutamos de una "comida corrida" o lo que podríamos llamar una especie de menú del día por 30 céntimos de peso. ¡Toda una ganga!